Haz contacto vía telefónica con el candidato

Estrategia Número 1

Antes de la entrevista inicial llame por teléfono al candidato. Lo mismo si usted es el presidente de una compañía que entrevista a su posible asistente o si es el gerente de una agencia de publicidad que entrevista a un futuro talento creativo, haga la llamada usted mismo.
¿Qué tan fácil o difícil es encontrar al candidato? El candidato le devuelve la llamada a la hora precisa que usted sugiere? ¿Se comunica con fluidez en la entrevista? Qué más puede usted decir sobre el candidato en los primeros dos minutos?
Paradójicamente, algunos buenos candidatos se sienten incómodos en el teléfono, mientras que la mayoría de los pícaros tiene una tremenda presencia telefónica. De manera que, a menos que esté contratando a una telefonista, considere esta información sólo como una ficha entre las 200 de un rompecabezas. Sin embargo, si usted llama después de almuerzo y se entera de que hay que despertar al candidato de un sueño profundo (historia verdadera), en el caso de que no trabaje en el turno nocturno de una empresa de aviación, lo probable es que usted esté en frente de una luz roja.
Yo confirmo la hora, el lugar y el traje para la entrevista inicial por teléfono. Digo algo parecido a esto: “Si usted está disponible a las 11 a.m, el martes próximo, yo daré instrucciones a mi oficina. Yo sé que usted viene en automóvil (o en avión), de modo que por favor vístase con ropa cómoda. ¿Tiene algunas preguntas? Si no, entonces nos vemos el martes próximo a las 11 a.m.”
¿Por qué un contacto personal de dos minutos es una forma tan simple y tan eficaz de predecir la conducta futura? He aquí un ejemplo.
Hace varios años un amigo de Nueva York me pidió que entrevistara a un candidato ejecutivo que dirigía una compañía muy importante. Como la entrevista previa del candidato en Nueva York había sido sobresaliente, le pregunté a mi amigo que quería que buscara yo en el hombre cuando nos encontráramos en California. Me contestó: “¿Es una persona flexible? ¿Puede hacer
el cambio de una gran corporación a una compañía emprendedora de Nueva York? ¿Está acostumbrado a ser el jefe? ¿Será capaz de dejar el control para trabajar bajo mis órdenes? Y si a eso vamos, ¿puedo cederle el control?
Llamé al candidato y pasé por mi charla de dos minutos. El candidato me pidió instrucciones vía fax, y agregó que conocía San Francisco porque su hermana vivía en San José. Breve, sí. Simple, definitivamente. Entonces, ¿qué pasó? El candidato no llegó a la hora convenida, es decir, a las 11 a.m. Tampoco llegó a las 11:15. Pasó el mediodía y el candidato todavía no llegaba. No llamaba por teléfono. No enviaba un fax. Nada hasta las 12:30 p.m.
Una hora y media después de nuestra cita, llamaron a mi puerta. Aliviado porque el candidato al fin había encontrado la oficina, abrí la puerta y me encontré con un hombre vestido con un traje oscuro con chaleco, camisa almidonada blanca, corbata roja de seda y zapatos oxford muy brillantes. Me dijo: “¡Maldito San Fran cisco!” Estas fueron literalmente las tres primeras palabras del ejecutivo de gran empresa.
Resultó que no había seguido mis instrucciones. “Como conocía San Francisco por sus viajes anteriores a la casa de su hermana en San José, el candidato no tuvo en cuenta el mapa que le envié y trató de atravesar San Francisco hacia el norte por una autopista que, desgraciadamente, había sido desviada por el terremoto de 1989.
Ahora bien, todos hemos tenido dificultades para encontrar una oficina desconocida. A todos nos ha demorado la llamada tardía de la telefonista del hotel que debía despertarnos, o la vuelta equivocada de un taxista. Sin embargo, hay teléfonos en San Francisco. En el teléfono más cercano podríamos haber llamado para informar en dónde estábamos. Hubiéramos dicho algo como “Lo siento, sé que son las 10:45 (o las ll o hasta las 11:15), pero al automóvil se le pinchó un neumático”. O “El taxista dio la vuelta por donde no era. Siento mucho incomodarlo. ¿Estará usted allá todavía dentro de  media hora?
El candidato de Nueva York había estado en mi oficina menos de cinco segundos y, sin embargo, yo ya había descubierto que no seguía instrucciones.  Al contrario de mis indicaciones de ponerse dato ropa cómoda, llevaba un vestido con chaleco, aunque tal vez ésta fuera su idea de la comodidad. De todos modos, no era lo suficientemente flexible para salir de su rígida rutina de conducir hacia el Puente Golden Gate. De modo que a los cinco segundos de encontrarnos en la puerta yo ya estaba preparado para mostrarle el camino de regreso a San José o, mejor aún, para ponerlo en el avión de regreso a su casa. Con un salario de seis cifras como resultado de nuestra entrevista, la diosa fortuna ya había decidido.
No fue que el candidato de Nueva York se perdiera en San Francisco. Era que el gran ejecutivo le echaba la culpa de sus propios errores al “maldito San Francisco”.  Aunque hubiera podido decir que mi próxima cita era a la 1:00, con todo y que el candidato había recorrido 4.000 kilómetros, no di por terminada la entrevista, y pasamos dos horas hablando sobre su carrera. Con todo y haber sido un buen gerente en una corporación grande, y hasta haber obtenido buenos resultados de sus empleados, no era el candidato para mi amigo de Nueva York. Hasta donde yo me daba cuenta, su serie de entrevistas exitosas en la oficina principal eran como los veinte tiros de Jim Miller en un estadio vacío. Impresionantes pero engañosos.
¿Hasta qué punto es típica esta historia? De un 5 a un 10 por ciento de los entrevistados fallarán esta primera prueba. Si lo hacen, usted debe considerar su conducta como una luz roja en el camino. Deténgase. Y continue bajo su propio riesgo.

Fuente:

Pierre Mornell. Hiring Smart!. Editorial: Ten Speed Press

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